viernes, 8 de febrero de 2008

Mirando a lo alto


Cuando se camina mirando al suelo, en busca de quién sabe qué pensamiento o qué objeto extraviados, se pierde uno muchas cosas: la oportunidad de contemplar la ciudad propia como si fuera ajena, como si uno estuviera de viaje, conociéndola de nuevo; la posibilidad de ver cómo ciertas aves se aman o cómo desde lo alto nos vigilan y se apropian de nuestras costumbres; la capacidad de verse más pequeño de lo que uno en realidad es, curarse la prepotencia y aprender alguna lección de realismo vivificante; y también, comprobar que los edificios se mueven con nosotros, que cobran nuevas perspectivas, que a veces nos siguen, que se alargan y se encogen, que se modifican a nuestros ojos, que se combinan entre ellos, como si se gustaran y se acercaran a susurrarse algo. Si disponemos de la capacidad mental de seleccionar y aislar cuanto se ofrece a nuestra vista, y, además, tenemos una cámara a mano y la imaginación lista para las sensaciones que surjan, podemos ver surgir mundos nuevos a cada paso que demos.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Estoy de acuerdo contigo a veces estamos tan inmersos en nuestros pensamientos y preocupaciones qué caminamos cabizbajos sin darnos cuenta de lo qué nos rodea. Si levantamos la cabeza y observamos vemos por primera vez la figura qué siempre estuvo en el campanario del pueblo y nunca habias visto,las flores tan bonitas qué tienen los árboles del ayuntamiento y el sonido qué nunca se escuchó de la fuente de la plaza.Debemos disfrutar de lo qué nos rodea sea rutinario o novedoso si visitamos otros lugares.M.T.

Frabisa dijo...

Vivimos en un mundo acelerado, corremos a diario, estamos inmersos en un tiempo de obligaciones que planificamos cuidadosamente para no disponer de un minuto libre. A veces, cuando la semana laboral termina, cuando asoma el tan ansiado fin de semana, cambio el chip. De repente recorro a pie el camino que hago en coche a diario, y me confundo con el paisaje, disfruto de lo que veo, miro el mar con deleite, observo los viandantes y me doy cuenta de lo importante que es concederse el tiempo necesario para vivir. Muy buena tu reflexión. Un beso

Anónimo dijo...

En la gran maquinaria de la ciudad,
la celeridad con la que se vive
solo permite apreciar,
desconstrucción, colores disonantes,
asfalto, ruido y polución.
Mirarla través de tu objetivo,
nos acerca a otras posibilidades.

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