domingo, 1 de junio de 2008

Marte observa


Desde lo alto, el dios contempla la ciudad, y cuanto ve le desagrada. El ruido, el bullicio, la fealdad, la prisa. En estos tiempos, nadie cree en él, aunque sí en lo que representa. Pero las naciones se sumergen en la guerra sin contar con su aprobación ni su concurso. La guerra hoy no es tarea ritual a la que se sacrifiquen hecatombes de bueyes. Tan sólo es un negocio, del que él apenas entiende nada; él sólo sabe manejar la broncínea lanza y la doblemente afilada espada Su divino cuerpo, presto al combate guerrero tanto como al amatorio, se encuentra, como siempre, en plenitud de poderío. Pero ya no queda nadie con quien luchar con un sentido estricto y digno del combate cuerpo a cuerpo. Su mente está confusa: lo suyo no fue nunca pensar, al contrario que su hermana Minerva. Da un paso, pero duda, y su gesto le asemeja aún más a la divinidad que representa. Carcomido de pesadumbre, ni el recuerdo le proporciona la medicina con que mitigar la realidad que desde hace tiempo percibe. Desde lo alto, el dios de la guerra más visceral e instintiva, decide dejar reposar su escudo, que ya embraza con desánimo, y enfundar su espada, que cuelga de su brazo como una cuerda en un abismo. Tal vez sea tiempo -se dice- de alejarse de los hombres, de dejarlos a su suerte, de asumir lo inevitable. Por último, echa una mirada triste a su alrededor, y su magnífico cuerpo se disuelve en el aire.

3 comentarios:

Belén dijo...

Se tiene que estar riendo de nosotros amigo... no le rendimos culto pero casi casi...

Besicos

Frabisa dijo...

Todo tu relato le confiere al mítico Dios de la guerra la gallardía y elegancia de que hace gala la esbelta escultura. Además, es didáctico ¿qué más se puede pedir?

Si Ud. me permite, la foto es preciosa pero no he conseguido que mis ojos fueran más allá de cierta parte…

Un beso

sticker dijo...

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