martes, 20 de septiembre de 2016

INDIVIDUALIDAD VS COLECTIVO

Cuando, cada fin de semana grabo algunos programas de comentario y crítica cinematográficos, después de verlos, me suele asaltar siempre una ambivalente sensación de rechazo a la vez que de admiración hacia el trabajo que realizan los directores de cine, pero en general podría extender tales consideraciones a cualquier operario, productor o figurante.

El cine, que me fascina, sin embargo es la forma más expresiva —con la excepción, tal vez, de la ópera—, de una modalidad artística que requiere para su desarrollo del concurso de una colectividad, de un conjunto de personas que confluyan todas ellas en un proyecto común. Nada más antitético a lo que  yo represento o que a mí más me estimula, o sea, el trabajo solitario, no estrictamente solidario, con el ritmo propio que marca el personal reloj biológico-sensitivo-mental.

Cuando hoy veía a David Lynch, en una imagen desgreñada e inhabitualmente envejecida, decir cómo se sintió fascinado por un guión ajeno, por una historia equis, que además no es suya, y que se pone enseguida a ello, sabiendo que entre que le da la venada hasta que tiene la película en la sala pueden haber pasado una buena cantidad de meses y hasta años, cuando le oía decir eso, yo, automáticamente me preguntaba: ¿cómo puede alguien embargarse en un proyecto que lleva tanto tiempo sin aburrirse de él, y además teniendo que coordinar y hacer confluir a un número no pequeño de personas, algunas de las cuales discrepan abiertamente de su enfoque desde el principio, y lo seguirán haciendo hasta el final? ¿Cómo es posible eso? Desde luego, con una fuerza impresionante y con una arrebatadora fe en uno mismo.

Pero tras mi inicial rechazo, viene la segunda parte, contradictoria por completo con respecto a la anterior. Y no es sino una admiración sin límites por ese trabajo, ímprobo y excelso, a tenor de los resultados obtenidos en algunas obras maestras, que logran aunar sustancias, mentes y fuerzas telúricas de tal modo que uno no puede hacer otra cosa sino humillarse de hinojos y decir: ¡Bravo!

Ítem más: anteayer, mientras me quedaba atónito por los 17 minutos de baile ininterrumpido de Un americano en París, de Vincent Minnelli, no tuve más remedio que experimentar otra cura de humildad y meterme mi individualismo recalcitrante por do me pudo caber. Durante un buen rato. Por lo menos. Que tampoco conviene exagerar.

Del Diario inédito Escorzo de penumbras, entrada de 10 de diciembre de 1998

1 comentario:

Frabisa-Isabel La cocina de Frabisa dijo...

A mí lo que me sorprende (porque a mí me costaría tanto) es la tremenda paciencia desde que concibe la idea hasta que la ejecuta. Son unos monstruos !!. Besos

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