martes, 6 de octubre de 2015

BODAS DE PLATA COMO DOCENTE

El muy caluroso mes de julio de 1990 resultó inolvidable. Recuperando de golpe toda la suerte que se me había negado los tres años anteriores (muerte en accidente del director de mi tesis, traslado de proyecto a otra universidad, denegación dos años consecutivos de una beca de investigación), quien esto escribe aprobó contra todo pronóstico una oposición a profesores de enseñanza secundaria. Dos meses después iniciaba mi andadura docente en el mismo instituto donde yo cursé el bachillerato y el COU. Pero ésa es otra historia que será contada en otro momento. Lo que hoy me ocupa es que este septiembre pasado he cumplido 25 años como profesor. Mis bodas de plata.

Yo nunca había querido ser profesor. Nunca me había planteado “rebajarme” a ese nivel; y, menos, de secundaria. Mi misión era más elevada, para elegidos: la investigación y, porque no quedaba otro remedio, la enseñanza, sí, pero pocas horas, en una universidad excelsa. Como decía es historia para otra ocasión, pero se conoce que están muy mezcladas, y en la narración se infiltran sus respectivos ramales. Pero, no, no. Yo nunca quise ser profesor. ¿Por qué entonces un cuarto de siglo después puedo decir, alborozado, que me encanta lo que hago?

En primer lugar, porque cambié. Aquel petulante ególatra de carácter maximalista y propenso al rencor, no dejó de serlo del todo, pero rebajó poco a poco sus presupuestos. El contacto con adolescentes supone una forma de erosión que, trabajada convenientemente, puede dar lugar a ciudades encantadas de Cuenca o torcales de Antequera. Los cambios fueron lentos, pero progresivos y, sobre todo, constantes. No se puede enseñar sin cambiar. Por dentro y por fuera. Todo el tiempo. Adaptando cuanto se sabe a quienes se tiene enfrente, que siempre tienen la misma edad, pero cuyas mentalidades (y las de sus padres y la de la sociedad que nos alberga a todos) cambian con una rapidez tan esperanzadora como acongojante.

En segundo lugar, porque me di cuenta del valor tan estimulante de enseñar algo que uno sabe a quien todavía no ha llegado hasta ese punto. Adivinar la revolución interior de quienes, al oír las palabras del enseñante, cambian la mirada y recomponen la postura del cuerpo y encuentran el asombro y la explicación que da sentido a los interrogantes previos. Comprobar que se puede ejercer de vaso comunicante que traspasa los conocimientos a quienes inician la dura tarea de vivir, que revivo la experiencia ancestral del viejo de la tribu. Captar el brillo de unos ojos cuando el hallazgo se produce, tras la comunicación de dos mentes en un acto mágico que no siempre se da, pero que cuando sobreviene muestra una fuerza inefable. Noté que explicar lo que sabía (y lo que aún hube de aprender) me encantaba. Y comprobé que la misma paciencia y perseverancia que me habían caracterizado como estudiante, brotaban de nuevo desde el otro lado del muro académico. Soy pesado, insistente, recurrente, indesmayable. Creo que a pesar de las muchas y crecientes dificultades que comporta, pocas tareas pueden ser tan hermosas como ésta de enseñar al que no sabe (y quiere aprender). De igual modo, pocas pueden ser tan frustrantes, pero uno debe saber seleccionar lo positivo de todo.

En tercer lugar, porque preparar lo que se enseña hace comprender la esencia del aprendizaje, y yo mismo he aprendido muchísimas cosas en todos estos años. Tanto a nivel cuantitativo como cualitativo. Aunque también he olvidado otras muchas, perfilando y afinando el disco duro interno. Pero la resolución de los diferentes problemas que la enseñanza plantea, me ha servido de entrenamiento diario para encarar los que a su vez la vida coloca en mi transcurso. De modo que enseñar me ha ayudado a aprender, pero también a vivir.

Y en cuarto lugar, porque he tenido la suerte de tener un trabajo que interactúa con personas y no con objetos. Con toda la problemática que conlleva (que ahora no abordo, pero que no es menor), el trato con adolescentes es enriquecedor en grado sumo. Te enseñan mucho de lo que desconoces. Trabajas con personas que aún no lo son del todo, pero a las que ayudas con tu ejemplo a tener otra referencia distinta de la de sus padres, que pueden ser buenas, pero que a menudo no lo son tanto. Y servirles de modelo de valores, de comportamientos, de hábitos de vida, complementa también todo lo anterior. Y comprobar los cambios, las mejoras, los crecimientos, es algo hermoso, sin duda. Incrementa la responsabilidad, pero corona con una guinda especial la otra tarea: además de enseñar, he de educar. Aquello a lo que yo siempre me resistí más, pero a lo que acabé sucumbiendo. No se puede enseñar sin educar. Son tareas paralelas e indisociables. Eso lo comprendí mucho después. Pero nunca es tarde para aprender.

Veinticinco años, vistos así, en retrospectiva, no son nada. Y son tanto. Hoy sólo quería comunicar mi alborozo a los pocos fieles que por aquí me seguís. Sabedlo: estoy contento. Llevo estándolo mucho tiempo. Me dedico a lo que nunca soñé. Pero no siempre los sueños son el mejor camino de la felicidad.

3 comentarios:

Eduardo dijo...

Estimado y nunca suficientemente bien ponderado amigo(Permítame que así le considere):

Bienvenido al extraño mundo del intercambio de saberes, pareceres y sentimientos con seres menores en edad y, posiblemente, mayores en expectativas.

Siempre es un placer disfrutar de un nuevo texto suyo reflejando sensaciones conocidas, pero no por ello menos agradables, más bien todo lo contrario.

Un abrazo y procure disfrutar, usted que puede, de los placeres que tan bien es capaz de reflejar con palabras.

Eduardo.

Marcos Alvarez dijo...

Enhorabuena por ese camino... Un abrazo.

Frabisa-Isabel La cocina de Frabisa dijo...

La de vueltas que da la vida para enseñarnos el camino correcto o el menos malo. Así te pasó a ti, no querías ser profesor y yo creo sin temor a exagerar que nada habrías podido hacer mejor que enseñar. Cuando explicas algo te cambia el timbre de voz, tu pupila se dilata y tu expresión gestual va por libre, ya no puedes controlar, se te nota cómodo en esa faceta, lleno de entusiasmo y sintiéndote dueño absoluto del universo.
Y además, no te aburre repetir lo mismo un millón de veces, algo que me asombra, así que estás en la profesión perfecta y gracias a ello, yo he aprendido, después de escucharlo quince millones de veces, lo que es un arco conopial.

¡¡¡¡¡Enhorabuena y a por otros 25!!!

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