sábado, 26 de abril de 2014

MI REGRESO

Algo me bulle dentro. Siento una opresión que me suena, pero a la que no le puedo dar nombre ni identificar por completo. Es como un burbujeo previo al degüelle de los vinos espumosos, una congelación previa al destaponado obligatorio que elimine las heces acumuladas entre las que he venido macerando en los tiempos últimos.

Llevo sin escribir de forma continuada varios años. Tendría que consultar ahora en mis agendas cuándo. Recuerdo bien el modo, pero se me difumina más la temporalidad: signo de los tiempos. Ha habido entre medias, bien es verdad, unos cuantos relatos; algunos ya corregidos, la mayoría en estado inicial post-parto. También he tenido accesos de reinicio de esta escritura memorialista, o del yo, o diarística. Ahí constan, manuscritos, telemáticos o informáticos. Ninguno fructificó. Fueron sólo coletazos puntuales, que anticipaban -tal vez- ese desasosiego que me mueve hasta este instante.

Porque es desasosiego, justamente, de lo que se trata. 

En esta etapa de mi vida última realizo muchas fotos, tanto en mis viajes como en mi entorno. Las edito con regularidad y las expongo y muestro en mis páginas de la red. Lo hago con cadencia prácticamente diaria, lo que no deja de ser sorprendente para muchos. Me proporcionan mucha satisfacción, debo confesar. Mucha, pero jamás la que he sentido cuando he terminado de escribir un buen relato o una carta particularmente emotiva o un fragmento de diario que podríamos tildar de literario. En los últimos tiempos, la imagen bidimensional se ha tragado todo mi universo interior. Con mi consentimiento, pasivo. Con mi colaboración, cómplice. Con mi voluntad, inercial. Pero todo tiene un límite.

Hoy, después de leer durante casi hora y media, me he sentido todavía más preso de esa sensación indefinible que alía paradójicamente la autocompasión más dañina con la rebeldía más estimulante. Después, al sentarme a la mesa ante el ordenador, he mirado por la ventana, y me he dado cuenta de que las copas de los árboles del parque Ferrera ya están todas ellas cubiertas de hojas. La primavera había llegado y yo me hallaba en otros mundos. Es hora, pienso, de que yo también renazca.

Siento que necesito escribir. Que si no lo hago, por muchas fotos estupendas que tome, edite y muestre, algo en mi interior se queda vacío y sin sentido. La calidad de lo que escriba será cuestión a debatir, opinar o plantear. Pero la necesidad de la escritura se ofrece como perentoria, oxigenante, vivificadora. Y a ello me pienso entregar. Con las libertades y obligaciones que me caracterizan. Es decir, escribir de lo que me dé la gana, sin atender a públicos ni búsquedas espurias. Y también, con la regularidad diaria obligatoria que me tiene como único juez evaluador de dicho compromiso.

Vuelvo, pues.

(Sí, ya sé que lo he dicho antes. No busco credulidad. El número de entradas que se puedan repasar dentro de unos meses y el balance subsiguiente serán los mejores testigos que confirmen este regreso que ahora anuncio).

1 comentario:

Frabisa-Isabel La cocina de Frabisa dijo...

Pues eso.... hay situaciones de la vida que no tienen más responsables que uno mismo, la que cuentas es un claro ejemplo, en tu mano está...

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