sábado, 8 de octubre de 2016

LA PERSISTENTE OMNIPRESENCIA DE LOS RITMOS




Me fascinan los ritmos. Ahora que lo pienso, me recuerdo fotografiándolos toda la vida. Desde mi primera cámara réflex, adquirida allá por el 87, hasta hoy. Siempre que veo un motivo que se repite, que construye unas líneas, unas convergencias, un recorrido que me lleva la vista hacia otro punto, no puedo reprimirme. Hoy, menos aún, que llevo el móvil encima y es muy fácil no dejar escapar una ocasión que, si bien a veces se repite, otras cobra luz una ordenación diferente, unos colores discontinuos, unos puntos que generan rectas o curvas que mis ojos no reconocen y, por ello, buscan captarlo, aprehenderlo, conocerlo; o, tan sólo, paladearlo.

Se dirá que los ritmos no contienen demasiada semántica. Que son forma pura. Que incluso como forma pura son bastante simples. Y en muchas ocasiones, así es. En otras, por el contrario, la mirada es dirigida hacia un punto de fuga que es el objetivo real de esa imagen; o bien busca mostrar la suciedad o la prístina limpieza de un lugar, o la alegría de un instante (como en la imagen mostrada hoy), o el orden inmaculado establecido por quienes aman el cosmos y no el caos. Pero admitamos que los ritmos son, en esencia, formas puras. ¿Ello les resta interés? ¿Acaso no son bellas ciertas formas puras? ¿No se nos alegra el alma contemplar selecciones de la realidad que pasan a ser nuevas realidades enmarcadas por un ojo hábil? Es verdad que mi ojo, como digo a menudo, no observa en sentido panorámico, sino rectangular, por deformación de mi actividad fotográfica. Es cierto que, por hábito (y por interés), suelo ver líneas y puntos, convergencias y divergencias, alternancias y disonancias, donde habitualmente pasamos de largo, por ser algo que vemos todos los días. Pero, una vez encontrado el patrón, una vez detectada la repetición y logrado el encuadre que dote a ese rectángulo de impacto visual, todo lo que resta es disparar, conservar, editar y mostrar.

Desconozco por qué me gustan tanto. No sé las causas por las que es, casi de seguro, el único tema que se ha mantenido presente conmigo desde los primitivos inicios. También sé que a algunos de quienes ven mis fotografías con asiduidad me preguntan por qué tantos ritmos pueblan mis galerías (los prudentes), y que otros, directamente, me dicen que si pongo tantos ritmos es porque ésa es mi temática básica y, como temática básica, es bastante pobre (los más lanzados y agresivos). Pues no sé. Afanarme en saberlo no me quitará ni una hora de sueño. Pero sí sé que, le pese a quien le pese, seguiré fotografiando ritmos hasta que la artritis o el alzheimer pongan freno a mis obsesiones. Y con eso queda todo dicho. Creo. 

Decoración floral de papel en Montignac (Dordoña, Aquitania, Francia)
Julio, 2010 ----- Nikon d300

viernes, 7 de octubre de 2016

HITOS DE MI ESCALERA (8)

Tengo que agradecer a los númenes del universo ser una persona inteligente y, como ya he dicho, a mi abuelo materno en particular haber modelado esa inteligencia en los primeros años de vida, que es cuando hay que darle cierta forma y estímulo constante. Pero, también, debo dar gracias por no haber sido tan inteligente como para haber resultado brillante. Y es que nunca fui brillante. Lo repito mucho en clase, para intentar servir (sic) de modelo a las nuevas hornadas de hormonados púberes.

Nunca fui el número 1 de la clase. En la primaria, me mantuve siempre en el grupo de cabeza, con tres o cuatro alumnos buenos -ninguno brillante, tampoco-. Pero aunque andaba cerca, solían superarme unos en una cosas, otros en otras. Yo lo atribuía a la diferencia de edad, a que siempre eran todos un año mayores que yo. Me intentaba justificar con eso, pero la verdadera razón es que ellos eran mejores que yo académicamente. Así de simple. Luego, en la secundaria, los dos primeros cursos del BUP fui una sombra de mí mismo, e incluso llegué a suspender evaluaciones. Pero ingresado en el Bachillerato de Humanidades, volví a destacar otra vez. Pero pese a que volví a los puestos de cabeza, otro muchacho -altísimo, elitista, solitario, arrogante, inteligentísimo- me impidió siempre llegar a considerarme el número 1 de clase. Tuve la buena suerte -algunos la tildarían de mala- de que eligiera la misma carrera que yo, y él, que -éste sí- era brillante académicamente, me cerró el mítico paso al número 1 que yo ansiaba siempre por aquel entonces. Nunca le pude superar, salvo en un par de exámenes puntuales de Arte. Cuando marché a Madrid, en la Autónoma, la historia se repitió: estaba siempre arriba, bien arriba, pero siempre había alguien mejor.

Pero yo pienso que esa eterna posición de secundario dentro de las élites forjó mi carácter superador, esforzado, paciente y constante. O al menos, yo lo creo así. Si hubiera sido alguien brillante, quien, con sólo hojear cada cosa ya me quedara bien asimilada, o las cosas no me hubieran costado, estoy seguro de que mi carácter sería diferente y acaso no habría conseguido lo que hoy tengo. Mi vida habría sido otra, pero no creo que hubiera podido reseñarla desde presupuestos de tanto bienestar mental.

Por eso, cuando a mis alumnos les comento un examen y les señalo sus errores, siempre les digo que para el común de los mortales el único modo de crecer, de aprender, de adquirir destrezas, de superar cotas, es siempre la repetición, la horrorosa repetición, la estúpida repetición, pero también la bendita repetición, gracias a la cual conseguimos algunos ser más y mejores de cuanto seríamos sin ella. Es la única metodología que podemos seguir la gente común. Los genios recorren otra senda. Pero, como les recuerdo con insistencia, no abundan. Y en 26 años de docencia sólo he tenido a dos alumnos que se han acercado al concepto. Y aun así, ambos han logrado lo que tienen con tremendas dosis de trabajo continuado y perseverante aplicación.

Debo agradecer, pues, no haber sido brillante. Y esta sorprendente afirmación viene de no tener nada claro que, de haberlo sido, me hubiera forjado en la superación constante a la que mis carencias me abocaron siempre.

jueves, 6 de octubre de 2016

ADVENIMIENTO LENTO DEL OTOÑO




Los signos del otoño no son abrumadores. Todavía. Pero algunos aparecen con timidez, como si no desearan apabullarnos con la fuerza inexorable que las estaciones marcan. El curso ha empezado. Uno comienza a hablar más de lo que acostumbra a diario (que es más bien poco), y las nuevas clases causan que la garganta se resienta. Es lo natural. Por otro lado, las mañanas ya van siendo frescas, pero aún no tanto como para arrumbar las camisas veraniegas y obligarme a recuperar el roperío de abrigo. Lo de todos los años, aproximadamente. Además, el siguiente volumen del diario de Andrés Trapiello se encuentra listo para ser degustado, como máximo en un par de semanas. Lo establecido desde hace muchos años como lectura otoñal y nocturna. Y están, claro, las hojas del liquidámbar, madrugadoras siempre a la hora de morir de hipertrofia cromática, y que para mí son la referencia que más me sacude mi telaraña del cambio de estación. El otoño llega siempre con tiempo. Con su tiempo. A tiempo.

Porto do Son (La Coruña, Galicia, España)
Octubre, 2011 ----- Nikon, d300

martes, 4 de octubre de 2016

JUSTIFICACIÓN POR LA PALABRA

Sólo justifico un día con palabras. Si las profiero, me encuentro feliz. Si las leo, puedo asegurar que durante un lapso de tiempo mis pesadumbres habrán desaparecido. Si las escribo, me habré olvidado de todo y de todos, acaso también de mí. Si, como hoy, aúno los tres placeres, el día no sólo está justificado, sino que adopta con facilidad la categoría de memorable.

Del Diario inédito Escorzo de penumbras, entrada de 9 de agosto de 1999

AVISO A VISITANTES

Todas las imágenes (salvo excepciones indicadas) y los textos que las acompañan son propiedad del autor de esta bitácora. Su uso está permitido, siempre que se cite la fuente y la finalidad no sea comercial
Si alguien se reconociera en alguna fotografía y no deseara verse en una imagen que puede ver cualquiera, puede contactar conmigo (fredarron@gmail.com), y será retirada sin problema ninguno.