jueves, 11 de agosto de 2016

HITOS DE MI ESCALERA (6)

Mis padres no se ponen de acuerdo en la fecha. No hay documento alguno que lo pruebe con exactitud. Tampoco las fotos dicen nada, porque mi madre tenía la idea de que las pocas ocasiones en que nos fotografiaban, lo hiciera a cara despejada, sin gafas. Por eso no puedo saber el momento preciso en que yo inicié mi andadura de miope oficial que tan amargos momentos me procuró en mi infancia.

Ya en La Bañeza, con 6 años, alguna vez que don Matías me castigaba a los últimos lugares de la clase, yo entornaba los ojillos para enfocar mejor la pizarra. El maestro alguna vez me preguntó si veía bien, y yo le dije que allá atrás del todo no tan bien, que mejor delante, claro; él debió notar algo extraño, pero como yo era buen alumno las más de las veces, y enseguida volvía al pupitre delantero, la cosa no pasó de ahí. Yo no tenía consciencia de que fuera corto de vista. Con buena lógica de niño, yo pensaba que lo que está cerca se ve bien, y lo que está lejos se ve peor. ¡De cajón! Pero mi nueva vida en la capital leonesa depararía novedades en ese pensamiento.

El piso de León era un primero muy oscuro. Y yo, de aquella, ya era un lector voraz, como he contado. Teníamos unos vecinos algo mayores que mis padres, con un único hijo, que me sacaría a mí unos diez años. Ese adolescente poseía un tesoro maravilloso que, sin embargo, él no valoraba lo más mínimo: tenía las dos colecciones ¡completas! de El Capitán Trueno y de Jabato, dos de mis héroes preferidos por aquel entonces. La señora Pepa, que así se llamaba la señora, una vez que se enteró de mi hambruna permanente en lo tocante a cómics -que debía releer una y otra vez, pues no había dinero para muchas alegrías- me hizo una propuesta por la que le estaré agradecido toda mi existencia: si prometía cuidarlos bien, me dejaría, uno a uno, todos los volúmenes de las dos colecciones. Recuerdo que me levanté de la silla y pegué un salto que la asustó, pero luego se echó a reír porque me eché a su cuello a darle besos, dándole a entender que no sólo aceptaba, sino que cuando fuera mayor debía decirme dónde y en qué material yo le erigiría una estatua de homenaje conveniente para que las generaciones futuras supieran quién había sido mi vecina Pepa, que demostró una generosidad de la que tantos carecen.

Pues bien, uno a uno, y durante muchos meses, no sólo me los bebí en su integridad, sino que hubo que prorrogar el “contrato”, pues los releí al menos dos veces que yo recuerde. Pero, y aquí viene el asunto grave, mi vista se debió resentir, máxime teniendo en cuenta la oscuridad de aquellas habitaciones, donde apenas llegaba el sol un buen rato por las mañanas.

Yo ya iba notando en clase que las cosas no eran todo lo nítidas que yo hubiera querido. Mis padres tampoco notaron nada raro en que yo leyera aquellos grandes volúmenes con los ojos tan cercanos al papel: lo atribuían a la pequeña letra de los bocadillos del cómic. Además, en aquella no había las revisiones preventivas que existen hoy. Pero un día, imagino que harto de tanto desenfoque, se me ocurrió la cuestión definitiva. Le pregunté a mi padre si veía igual de los dos ojos. Él se tapó uno, luego el otro, y tranquilamente me dijo: “sí, igual”; “pues yo no, yo veo peor del izquierdo”, respondí yo. 

Conclusión: visita al oculista de inmediato. Recuerdo mi sorpresa y fascinación ante lo bien que vi con aquellas lentes que el facultativo colocó ante mis ojos: “sí, sí, ¡qué bien se ve ahora!”. De ese modo ya, de mano, me fueron prescritas unas gafas con 2’5 dioptrías en el ojo izquierdo, y una en el derecho, ambas de miopía. Nada menos. Esto, hoy, no sucedería de ninguna de las maneras, porque se habría detectado mucho antes. En mi caso, y con 9 años, aproximadamente, comencé a llevar unas gafas (horribles) y a iniciar una vida de gafotas, que, sumado a mi tradición de empollón, me procuró no íntimas suculencias, precisamente, sino abundosas desgracias que acaso desgrane en otro momento.

miércoles, 10 de agosto de 2016

LASITUD ESTIVAL



Es tiempo de verano (curiosamente, suena mejor en inglés; una excepción, claro). Ahora es cuando la lasitud se impone, cuando los momentos se recrean con morosidad y memoria, cuando se tiende a dormir más de lo indicado, a olvidar más de la cuenta, a dejar que todo transcurra sin preguntar demasiado por las causas, sin tener mucho en cuenta las consecuencias. Tiempo de siestas, de faunos, de notas pesadas que se repiten en nuestros oídos, vía nuestra memoria. Es tiempo de dejadez y de abulia, de siestas infinitas, de cuerpos abiertos y anhelantes, de dilaciones consentidas, de viajes a territorios imaginados en otoño, en invierno, en primavera. Tiempo de frustraciones ante las expectativas creadas, de hallazgos impensados, de amores fugaces, de comidas pesadas y sobremesas eternas y espirituosas.
La fotografía nos muestra una joven desnuda que sueña o que se despereza, que tal vez se esté despertando o tal vez esté recuperando la consciencia, o que tal vez se disponga a sumergirse en lo más profundo, o puede que ansíe desaparecer. Muestra su cuerpo sin pudor, porque no es consciente de que la miramos. No sabe dónde está, aunque sí que puede reconocer el espacio que la circunda, que es siempre el mismo, siempre que ella no sueñe o fantasee, como hace, acaso, ahora. Su cuerpo nos señala el camino abierto, nos mueve a imitarla, a adormecerse, a soñar…

"El reposo", de Alfred Jean Boucher, en el Musée de Beaux Arts de Pau (Pyrénées Athlantiques, Aquitania, Francia)  
Julio, 2011 ----- Nikon d300


martes, 9 de agosto de 2016

LA SERPIENTE DE LA VANIDAD

Yo mismo podría decir que la vanidad entra en el cuerpo al igual que las serpientes en los campos de minas, arrastrándose y tanteando con sus vientres secos el palpitar incierto de una tierra asesina. Yo mismo lo podría decir, pero también, a continuación, apostillar que tengo muy bien enseñado a mi hato de ofidios, y en cuanto detectan una granada subterránea dejo que se suiciden por contacto, porque la vanidad no es más que un espejo deformante que sólo vale para uno mismo, que es el único con quien se puede ejercitar. Sin tomarla demasiado al pie de la letra, porque entonces el engaño sería aún mayor.

Del diario 
Palimpsesto del dubio y la aoristia (Entrada del 12 de Diciembre de 1995)

lunes, 8 de agosto de 2016

LA NIEBLA OCULTA MEJOR LA HUIDA



Es de madrugada. Apenas ha amanecido, y una intensa niebla lo cubre todo. Pero eso al pescador no le importa,; es más, casi lo agradece. Porque él va a pescar por otras razones, que no vienen al caso, aunque se podrían resumir en una sola palabra: huida (y la niebla favorece las huidas). Allí, lo que menos hace es pescar. Sí coloca con cuidado el cebo vivo en el anzuelo, sí arroja el sedal lo más largo que el plomo le permite, sí clava la caña en su lugar de siempre. Pero ahí lo deja todo a lo largo de la mañana. Su móvil, un libro bien encuadernado, un cuaderno negro sin rayas y una pluma cada día distinta y con una tinta diferente. No necesita más. No necesita música, radio, conversación o compañía. A lo largo de las horas, va alternando sus tareas. Revisa correos, la prensa, las revistas a las que está suscrito, algún mensaje suelto. Fundamentalmente, lee. A cada ratito, levanta la vista y piensa. No sabemos en qué, pero algunas veces, deja el libro al lado, y coge el cuaderno, donde escribe notas con lentitud. Tampoco conoceremos el destino de esas palabras, pero el rictus de su boca se relaja y se vuelve más amable, aunque sólo sea visto desde fuera. Retoma el libro y esta vez el transcurso es más largo. Cuando lo cierra, se queda mirando a lo alto de la caña, como si esperase un movimiento delator. Pero no busca eso, (de hecho, a veces pican y él hace como que no lo ve). En realidad, mira el extremo de la caña, como si fuera una mira telescópica para enfocar la mirada hacia quién sabe qué mundo lejano donde, tal vez, quisiera encontrarse. Sabe que no es posible, pero a menudo fantasea con ello. Por lo pronto, él se llega cada amanecer hasta el río, donde sabe que el silencio es infinito. La mañana lo irá envolviendo con sus horas pausadas, y hoy la niebla envuelve a la mañana. También le envuelven los recuerdos y algún proyecto que tiene entre manos. No necesita más.

Orilla del río en Peyrehorade (Landas, Aquitania, Francia)
Julio, 2016 ----- iPhone 6 Plus

domingo, 7 de agosto de 2016

RECIÉN SALIDO (MICRORRELATO)

Acabo de salir. No entiendo nada. Hay demasiado ruido. El sol no es tan brillante como esperaba. La gente corre demasiado. Los coches son más largos, resplandecen. Hay escaparates por todos lados. Las calles son más anchas. Las personas no me miran, aunque yo miro a las personas.  La mayoría sólo merecen un vistazo. Pero con algunas lo hago fijamente. Sigo sin entender demasiadas preguntas. En realidad, sigo sin entender por qué me vienen tantas preguntas. Por qué esa sensación de picazón en la lengua, después de insultar por lo bajo a ese guardia urbano. Por qué esa hinchazón en la entrepierna, sin venir a cuento. Por qué llevo todo el rato mirando escotes sin parar. Por qué sólo hablo conmigo mismo. Por qué no he pronunciado una sola palabra a nadie desde que me soltaron. No sé de qué sirven tantas preguntas si no consigo una sola respuesta. No sé por qué estoy pensando todo el rato, si lo único que me apetece ahora es comer hasta hartarme, y luego dormir una gran siesta, y luego follar hasta reventar y que no me reconociera ni a mí mismo. Pero pienso, y mientras lo hago, sólo puedo mirar cuanto me rodea y a quienes pasan a mi lado, sin reparar en mí. Pensar y mirar. Eso es lo que llevo haciendo los últimos once años, vigilado desde cerca por doctores y enfermeras. Es lo mismo. No entiendo nada. Sigo sin comprender la necesidad de que me echaran. Aquí hago lo mismo: pensar, mirar, y seguir triste. Y encima nadie me habla. Y aunque yo quisiera gritar bien alto, no sabría bien qué acabaría diciendo. Habría sido mejor que me dejaran quedarme, que me prorrogaran la estancia. Allí estaría igual de mal, pero dentro había responsables de que anduviera sin rumbo. Aquí, no; aquí estoy yo solo. Y mucho me temo que vaya a cometer cualquier locura.

Del libro inédito Micrólogos, 2012

sábado, 6 de agosto de 2016

LA BICHA Y LA LEONA




La barbuda bicha observa a la feroz leona con cierta expresión de displicencia, de superioridad; también con cierta envidia. La edad le permite sentirse por encima de su compañera; es algo mayor. Las crearon para lo mismo, para servir de guardianas de tumbas de personajes relevantes. Pero la bicha deplora que su creador no le proporcionara una apariencia más agresiva, más acorde con su encargo. Por eso mira a la leona de reojo, envidiando sus mandíbulas, prestas al ataque de todo aquel que perturbe el sueño eterno de su protegido. Sabe que a pesar de ser más antigua, sus formas son más depuradas, más avanzadas, más próximas al oriente de donde viene la civilización y la riqueza. Pero no puede por menos que admirar la rigidez imperturbable de la leona, que no atiende más que a su tarea, sin recurrir a pensamientos que la distraigan. La bicha se siente superior en muchas cosas, pero se acompleja de continuo, y mira de soslayo a su compañera de sala, queriendo adivinar cuál será su verdadera fuerza, quién saldría vencedora en un eventual combate, quién de las dos lograría de verdad cumplir el cometido para el que fueron esculpidas. La bicha mira a la leona. Pero la leona no la mira nunca. La leona está ensimismada en su posición. Sus poderosos dientes no dejan lugar a duda. Pero la bicha sí que duda. Por eso la mira, y la envidia vuelve a brotar como cada día, cuando la sala del museo enciende las luces, y su compañía forzada y su posición respectiva las obliga a sus quehaceres reconvertidos.

La Leona de Baena (ByN) y la Bicha de Balazote, en el Museo Arqueológico Nacional (Madrid, España)
Enero, 2016 ----- Panasonic Lumix G6

viernes, 5 de agosto de 2016

MI PALABRERÍO CANALLA (7)

AGORAFOBIA: Forma curiosa de terror hacia los lugares abiertos, quizá porque no se pueda soportar la claridad, la extensión de horizontes, el sol, la naturaleza, la soledad, etc. o la pequeñez de uno frente a todo.
AGORERO: Vocablo que se aplica tanto al que asegura adivinar por señales zoomorfas y/o meteorológicas (vulgo agüeros), como a todos los que creen en tales mandangas.
AGRADECER: Asegurar un favor futuro bajo la apariencia de un pago en moneda de dignidad.
AGRADECIMIENTO: Entrega de una pequeña humillación por parte de quien agradece al agradecido, sin la cual ambos se sentirían peor o hacer sentir incómodo a ambos: el agradecido, por no haber rentabilizado su acción, y quien duda en efectuarla, por no saber si será suficiente para contar otra vez con la persona que lo ayudó.
AGRAFIA: Incapacidad para expresar por escrito lo poco que se albergue en la mollera, que aqueja sobre todo a estudiantes de secundaria y padres en general; la causa no suele ser un desorden cerebral, como sugiere piadosamente el DRAE, sino la más pura y dura indolencia, efecto de una idea muy actual de desprecio hacia todo lo que tenga que ver con letras.
AGRESIÓN: Forma de comunicación un tanto pedestre y anticuada, pero muy eficaz, de que uno es uno y los demás no, conque ojo al parche; entre animales no humanos, se suele llamar marcar el territorio, aunque a éstos aún se le puede predecir dicho comportamiento.
AGRESIVIDAD: Comportamiento habitual de quien es infeliz por causas diversas, pero con grandes posibilidades de tener que ver con la realización personal, la asunción de su propia personalidad, el trabajo, el sexo, la mujer, el marido, los hijos...
AGUINALDO: Forma alternativa y ritual de distribución de la riqueza en la época navideña. Es tan entrañable como molesto y tan ridículo como inevitable.
AIRE: Sustancia gaseosa de composición heterogénea, cuya gran abundancia es la causa de que los seres humanos cometamos tantas estupideces: por regla general, cuando nos falta nos volvemos más amables, más colaboradores, menos agresivos, más propicios, más entrañables, más cariñosos, más suplicantes.
AJEDREZ: Juego simbólico y sublimador en el que los dos contendientes buscan matarse de un modo cerebral y no muscular, aunque no por ello menos enconado.

Del libro inédito Palabrerío canalla, 1999

jueves, 4 de agosto de 2016

ADVERTENCIA EN LO ALTO DEL PUERTO




Nunca fui persona muy dotada físicamente, pero hace muchos años, practiqué mucho deporte, sobre todo frontenis, footing y ciclismo. En realidad, nunca era nada serio, sino el modo en que los jóvenes queman testosterona, subliman carencias y procuran cultivar el cuerpo, ya que la mente, a esos años no brilla por sus hallazgos precisamente. Las cosas cambian y, con el tiempo, el único deporte que he llegado a practicar hoy son la caminata ligera y el ajedrez; y no por este orden de frecuencia.
Por eso, para compensar, todos los veranos, cuando paso a Francia, me gusta subir algunas cotas de las llamadas míticas. De esas que hemos visto tantas veces ser escaladas con una máquina rudimentaria llamada bicicleta. Y sí, habrá hoy muchos avances en los materiales y en los diseños, pero los desniveles están ahí y las rampas que el hombre ha construido para salvarlas, también. Y solo cuando se ven en persona, cuesta creer que esos hombres puedan subirlas a veces con la velocidad que le imprimen a algunos ascensos. Dopados, o no dopados, que ésa es otra. Pero hay que verlo en directo para sorprenderse, se quiera, se crea, o no.
Este año, tocaron los altos de La Colombière y Des Aravis. Justamente, los que subieron (y bajaron) los participantes del Tour de este año en su etapa vigésima, la penúltima de esta ronda. Sólo que cuando lo hicimos nosotros, motorizados y no en bicicleta, por supuesto, ya había pasado todo el barullo previo, y sólo había un buen puñado de esforzados anónimos intentando emular ­–ellos sí- a los grandes héroes de esta especialidad.
Fue en la cumbre de La Colombière, de “sólo” 1613 m. sobre el nivel del mar, donde hallé la imagen de arriba. En lo alto de los puertos míticos suele haber algunas esculturas, hitos, imágenes, carteles, que los identifican y que sirven para que muchos se hagan fotografías a su lado, corroborando así su estancia en las cimas. Pero a mí me llamó la atención el hecho de que la figura del ciclista estuviera al lado de una cruz, como si sirviera de premonición o aviso ante lo que cabría esperar nada más iniciar el descenso de dicha cota. Me recordó las cruces de Punta Roncudo, en la Costa da Morte, que también he mostrado aquí. Pero allí las cruces conmemoraban, honraban, lloraban a los muertos del pasado. Aquí parecían advertir de las desgracias del futuro. Después de tomar la foto y estirar un poco las piernas, iniciamos el descenso. Pero con mucho, mucho más cuidado que a la subida.
Alto de La Colombière (Rhône-Alpes, Haute Savoie, Francia)
Julio, 2016 ----- Panasonic Lumix G6

miércoles, 3 de agosto de 2016

LOST IN TRASLATION

Acabo de ver por cuarta vez Lost in traslation. No la vi queriendo verla. Es decir, la vi porque estaba probando canales, después de hablar un buen rato por teléfono. Había empezado ya, habrían pasado diez o doce minutos, pero dio igual, porque me sé el argumento de memoria. Además, no tiene demasiado argumento: es mínimo (así hace juego con el escenario japonés donde se desarrolla la acción). No la vi queriendo verla, insisto; pero después de algunos minutos, dejé que la cadencia maravillosa de esta inusual película me arrastrara hasta su fin.

La primera vez que la vi fue en el cine. Venía avalada por la directora, Sofia Coppola, cuyos anteriores filmes fueron muy de mi agrado. Y los dos protagonistas también tiraban lo suyo. Pero recuerdo que salí del cine muy decepcionado. Átono, más bien. Me quedé un poco como el perrillo que oye cómo alguien cerca está comiendo, se acerca a ver si cae algo, pero nada recibe, y ha de darse la vuelta, aunque cada cuatro pasos vuelva la cabeza, a ver si la situación cambia de una vez a su favor. Igual. No me pareció una estafa, pero me pareció que podría haber gastado el dinero en otro rato más placentero.

La siguiente vez ya fue en DVD, aprovechando una oferta que la incluía con otra película muy querida para mí. Esa vez quise probar antes de regalarla, como hago con algunas que compro y no me gustan. Probé, y esa vez sí comencé a captar la esencia de esta magnífica cinta. La tercera vez, algún año después, fue también por el mismo medio, intentando que alguien más la pudiese paladear de un modo parecido a como yo la había disfrutado ya la segunda vez. No logré mi objetivo, pero la película se introdujo más en mi cerebro, grabándome para siempre algún diálogo más y determinados planos, inolvidables ya para mí.

Hoy, de forma inesperada, ese mundo aparentemente banal, bullicioso, extraño, distinto, del Japón de nuestros días, ha vuelto a servir de marco para esa historia sencilla y triste, pero hermosísima, de dos personas disímiles, que conectan de un modo mágico y progresivo, a través de una soledad que la propia ciudad japonesa fomenta. Las miradas, los silencios, las sonrisas, lo que no se dicen, lo que no se tocan, lo que no se besan: todo se erige como una comunicación en apariencia trastocada, en apariencia insuficiente, pero que construye una realidad magnífica, que se puede ir palpando con cada gesto, en cada secuencia, de forma creciente.

Impagables, los papeles de Bill Murray, contenido y creíble como nunca, de Scarlett Johansson, frágil y adorable, a quien con sólo el brillo de sus labios le basta para sugerir mundos inexplorados e infinitos. Mostrando lo imposible al alcance de la mano, sabiendo que sigue siendo imposible, aunque esté tan cerca, pero que puede dejar una impronta imborrable para siempre, gracias a uno de los abrazos y de los besos más hermosos jamás filmados. Con todo ello ante mis ojos ¿cómo no iba a dejarme llevar?

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