miércoles, 30 de enero de 2008

Caballito libre


Me miran tanto, que ya no sé qué pensar. Me miran, ladean la cabeza, acercan sus miembros, tocan el cristal. ¿Qué se imaginarán desde ahí dentro? Son tan extraños, los humanos, siempre en grupo, siempre distintos, por oleadas; nunca están de uno en uno. ¿Cómo podrán vivir así, sin pasar nunca dos veces por el mismo sitio? Pero me resulta tan gracioso que me miren de esa forma, como si se sorprendieran de verme. Claro, a lo mejor no saben quién soy, ni por qué les miro con cierta pena, porque es que me dan lástima, los pobres, siempre encerrados ahí, tras el cristal, sin poder respirar este agua rica y limpia. Sí, va a ser seguramente eso, que no saben quién soy ni cómo me llamo, pero me da que no lo van a saber nunca, porque se lo digo todos los días varias veces, y ninguno me contesta. Se limitan a hacerme muecas y a mirarme, y a ladear la cabeza, y a tocar el cristal. Lo cierto es que la cautividad vuelve muy graciosos a los humanos.

martes, 29 de enero de 2008

Los surferos


Los surferos se adelantan a todos. Por encima de las cabezas de quienes les observamos atónitos, sus tablas divergen en su carrera infinita sobre la ola eterna. No se mueven, pero todos les vemos cómo se deslizan, cómo compiten por tomar mejor la entrada, por arquear mejor su musculatura de metal, por equilibrar sus proporcionados miembros. Día tras día, los surferos nos deleitan en una carrera que nadie inició, pero a la que se vieron abocados sin posibilidad de elección. De día y de noche, con sol y bajo el agua, su simétrica asimetría no nos mueve a una reflexión, sino a seguir contemplándolos, imaginando quién antes, quién más tiempo. Los surferos, es evidente, nos llevan mucha ventaja: se nos han adelantado a todos.

lunes, 28 de enero de 2008

Haylas, sí, a tanto el vuelo


Decían que corren malos tiempos para la lírica, y para todo lo que no sea lo que ya sabemos. Pero hay quien sigue creyendo en brujas, meigas, xanas y otros súcubos. Yo soy de ellos. He visto a una, y la he fotografiado. Regresaba a casa, cansada, tras muchos vuelos al lado de la catedral, donde trabaja. Antes, la cosa tenía más romanticismo, más glamour, incluso, aunque oscuro e inquietante. Ahora, la meiga trabaja por horas, tiene las vestimentas ajadas, los zapatones sin suela y el cansancio la hace pensar más de lo que debiera. Cuando regresa a su agujero, cuenta sus monedas y se toma un brebaje más de lo indicado. Quizá así olvide que se llama Salustiano, y que no se hacen tres años en la Escuela de Teatro para acabar haciendo vuelos de escoba por horas, y por la voluntad.

domingo, 27 de enero de 2008

La puerta de todo inicio, de todo final


A punto de ser tomada la fortaleza, sorprendió a todos que los defensores dejaran de arrojar proyectiles y de concentrarse en proteger la entrada principal. El ejército atacante se acercó con sigilo, suspicaz ante una posible celada. Cuando el silencio y la inactividad se prolongaron mucho tiempo, se acercaron a la puerta principal. Allí vieron aquellas extrañas figuras, retorcidas e incomprensibles, pero con vagas formas que recordaban algo horrible. No supieron decidir si eran demonios protectores de la ciudad o la decoración de una civilización remota, o, como alguien planteó, los restos de cuantos quisieron tomar la ciudadela con anterioridad, mostrados al mundo en señal de aviso. Contra todo pronóstico, las tropas atacantes no supieron qué hacer. Poco a poco ya no supieron qué hacían allí. Poco a poco los días se fueron sucediendo. Poco a poco, la puerta se fue llenando de más y más formas que nadie llegó a reconocer.

sábado, 26 de enero de 2008

Incubación


Tras perder las hojas, los árboles del bosque se morían de frío, pero ninguno osaba decirlo. Ni el castaño, tan imponente, ni el haya, desde su altura, ni el roble, tan anciano, ni ninguno de los otros querían confesar que se encontraban helados. Sin embargo, no dejaban de mirar al suelo, donde se hallaban los restos que habían ido dejando escapar a lo largo del crudo otoño. La escarcha lo cubría todo y el silencio era rotundo. Mientras los árboles tiritaban, debajo, cubierta por el lecho de hojas y aislada de la gelidez del aire, dormitaba la única semilla que se encontraba intacta, segura contra todo, aguardando tiempos mejores. Todos los árboles miraban con sus ramas hacia el suelo, porque la oían palpitar. Ninguno sabía con exactitud a quién pertenecía ese futuro inmediato ni a quién le sería otorgada la ansiada descendencia. Ninguno lo sabía, pero cada uno confiaba en ser él el elegido. Entre tanto, seguían helándose a la intemperie. En silencio, pues ninguno dijo nada. Sólo aguardaban.

viernes, 25 de enero de 2008

Combate de piedra


En el mundo de los dos soles, los dos monstruos se divisaron a lo lejos, tras haberse buscado durante meses, años, siglos. Al fin estaban el uno frente al otro. Pero, ahora que podían dar rienda suelta a sus instintos tanto tiempo postergados, se sentían de repente paralizados. El cansancio de tanto tiempo en busca uno del otro (en un mundo sin noche, en permanente vigilia) había mellado sus fuerzas, tan amenazantes antaño. En ese momento, cuando la sed de venganza tanto tiempo porstergada debía haberse erigido como el sentimiento único, y ser consumada sin paliativo alguno, los dos monstruos apenas pudieron moverse, como si los siglos les pesaran, como si todo cuanto habían planeado fuera sólo un sueño. Con un esfuerzo sobrenatural, por encima de sus posibilidades, aún pudieron arrastrarse durante un buen rato, hasta quedar casi juntos. Viendo al contrario tan derrotado como lo estaba el otro, la venganza fue dando paso a la sorpresa, y ésta a la compasión, hasta que sus cuerpos fueron perdiendo la poca elasticidad que ya poseían, y la roca fue penetrando en sus músculos y en sus huesos, poco a poco, sin ruido alguno, hasta dejarlos enfrentados para siempre, como lo habían estado toda su dilatada vida, pero condenados a verse durante toda la eternidad de la piedra en que se acabaron convirtiendo. En lo alto, los dos soles seguían alumbrando, impasibles a todo.

La iglesia sobre el castillo


Dicen que es verdad, que de noche el frío invernal se infiltra en la ciudad amurallada, y que cuando todos duermen, algunas zonas se llenan de movimiento, pero nadie alcanzó a a ver con nitidez las formas que se mueven como centellas.
Dicen los más viejos del lugar que el castillo está encantado porque se construyó sobre una iglesia, donde había enterrada una comunidad de monjes, que en las noches gélidas de invierno se desperezan y se revuelven, filiformes, por toda la ciudad, observando los desafueros de quienes les sucedieron en el solar donde ellos moraron un día no tan lejano.
Dicen también que la fortaleza, acosada por las almas en pena, cede siempre al asedio y que, mientras sus lienzos de muralla se derrumban uno tras otro, emerge, imponente y deslumbrante, la espadaña de aquel templo donde un día rezaron a su dios sus antiguos propietarios. Los más atrevidos afirman que su color es de un rojo sangre, ajado por el tiempo, por la melancolía de la reaparición cíclica, nunca completa ni definitiva.

jueves, 24 de enero de 2008

Hasta el pífano


-Que sí, tío, que vamos detrás de Gaspar
-¿Otra vez? Joé, como el año pasado.
-Noooo. Como hace dos
-Es igual, ¿qué más da?
-Bueno, en realidad...
-Tú, calla, que con el peta ése ya tienes bastante
-Bueno, vale...
-El caso es que este año es la última vez, lo juro
-Anda, no digas bobadas, qué va a ser la última vez, si tu madre es concejala
-Mira que...
-Y calla, que voy por la cuarta pantalla y es mi récord
-Joé, no hay derecho, estoy hasta el pífano de tanta gilipollez
-¿Hasta dónde, dices?
-Mira, déjalo, anda, y acaba de una vez, que, a este paso, nos llega antes el costo que encargamos al Charli en Ceuta
-Costo, costo... ¡Qué ceporros sois! Ya veréis, ya, cuando me traigan la Wii de Nintendo

martes, 22 de enero de 2008

Diálogo de pareja


Después de haber aguantado más de lo que figuraba en el guión de inicio, y de monumentales disputas conyugales decidieron que lo mejor era dirimir las diferencias de un modo civilizado e igualitario, como en los antiguos tiempos, que siempre serán nuevos. De modo que se calzaron los guantes de boxeo y salieron a la playa, al atardecer. Diez asaltos, con algún descanso, y el aviso de que el que antes se rindiera acababa de pagar la hipoteca, y el otro se quedaba con todo.
Los viandantes que por allí pasamos no dábamos crédito a lo que veíamos. Quienes más aguantamos allí contamos más de diez asaltos de una ferocidad sin límites.
Los periódicos nos contaron a la mañana siguiente que el resultado fue combate nulo, pero que ninguno de los dos iba a poder solicitar la revancha.

Huyendo de lo oscuro



Cuando una niña escapa de manera tan rotunda, sin atender siquiera a que tras ella no hay nadie, es que el miedo se encuentra en lo más profundo de su cabeza, en los relatos que acaso le hayan contado con prisa y mala gana, en los gritos de unos padres que incluso es posible que los acompañen de violencia física, en las imágenes que pueda haber visto en una pantalla de televisión o en un brutal videojuego.
Las posibilidades de huida son siempre infinitas, tantas como las causas que las provocan, pero todas ellas parten de lo más profundo, de lo más oscuro, de ese lugar del que la niña pretende alejarse (ojos cerrados, trote veloz, decisión firme) sin darse cuenta de que lo lleva consigo misma allá donde sus piernas la desplacen.

lunes, 21 de enero de 2008

Maniobra de aterrizaje


Y sin avisar, ni ruido de motores, ni cinturones de seguridad, ni respaldos rectos. Todo suave, silencioso, grácil, con esa perfecta armonía que da la experiencia de haberse leído de una sentada, cuando polluelo, Juan Salvador Gaviota.

viernes, 18 de enero de 2008

Qué peña, che, qué peña


Por muchas, muchas razones, debemos ser indulgentes con las paradojas de la vida. El color rosa, combinado con el verde algo eléctrico, en la pintada que, se supone da nombre a lo que contiene, que debe ser una "peña", o sea, un grupo de incondicionales de lo que sea, acaso de la música clásica, acaso de un doberman llamado así. Debemos ser, sí, indulgentes con los impactos visuales que nuestras retinas reciben, sobre todo cuando la caligrafía nos muestra mucho mimo y dedicación, que acaso no reciban sus parejas, hijos o electrodomésticos o, sin ir más lejos, el resto del muro. Debemos ser indulgentes, está claro, con las transgresiones más o menos agresivas que la vida nos traslada hoy sobre los muros de nuestras calles. Pero con la vulgarización de la exquisitez más absoluta, bajo ningún concepto, ¡indulgencia mínima, tolerancia cero!; o menos que cero, si cupiera.

jueves, 17 de enero de 2008

Atrápame ese cielo


Lo intentaron, con sus extremos cubiertos de hojas y la vida palpitando en su interior, pero el cielo siempre estaba muy alto y el sol difuminaba esperanzas. Después, cuando su manto verde se tornó amarillo o cárdeno, el cielo no bajó a interesarse por ellos. En el invierno, sus muñones nudosos y desnudos se elevaron como garras afiladas, presos de una agresividad exorbitada, que alimentaron de rencor acumulado. El cielo, ahora trémulo, se protegió con las nubes, pero aquellas garras las deshicieron con rapidez. Entonces, la cámara congeló la guerra. Aún siguen esperando veredicto.

Limpieza a muerte


No sé, pero creo que aquí me sobran las palabras que iba a poner. O no me llegan, que también podría ser.

miércoles, 16 de enero de 2008

Museos, libros


Los museos y los libros no deberían ser realidades desconectadas, sino que deberían ser complementarias: que los primeros se apoyen en los segundos para crecer y estimular; que los segundos beban de los primeros para ofrecer nuevas perspectivas.
Cabe conjeturar que el museo ideal fuera aquel que mostrara una forma de libro abierto y cuyo contenido no le fuera a la zaga (como a menudo sucede). Puestos a pedir, sería bueno que hubiera dos versiones, una en blanco y negro, para
estetas puristas y otra en color, para estetas realistas. Eso sí, una al lado de la otra, no demasiado lejos, para poder escoger con libertad.

Volar en silencio


Quienes no hemos volado como lo hacen los buitres leonados, muy alto y sin apenas mover las alas, no sabemos lo que puede susurrarnos el silencio mientras el aire nos llega a ráfagas por delante, lo que pueden dar de sí la reflexión solitaria y el pensamiento concentrado, aislados de toda perturbación. Acaso no lo sepamos nunca. Por eso, tal vez, contemplar cómo lo hacen ellos nos redima un tanto de dicha carencia.

martes, 15 de enero de 2008

Aproximación


Se fueron acercando poco a poco, con cierta timidez, pero arrojo creciente,hasta que ambos sintieron que no podían ir más allá. La conversación derivó de lo banal a lo superficial, con alguna incursión en lo íntimo. Cuando el más atrevido de los dos se dispuso a darle un beso al otro, éste adujo que eso era imposible, que qué se pensaba, que estaban a la vista de todos. "No hay nadie, estamos solos. La playa está desierta". El otro, con todo, no alejaba sus recelos. "Nadie nos verá. Será un piquito tan sólo, rápido y fugaz". Cuando parecía que la resistencia iba a ser vencida, alguien llegó por detrás, abrió sus enormes bocazas y depositó una bolsa de paella en mal estado, en uno, y dos más con bolsas de patatas fritas y envases de botellón, en el segundo. Después del estrépito de las tapas al cerrarse, se pudo ver cómo poco a poco se fueron alejando, dejando un hueco razonable y reglamentario entre ellos, como mandan las ordenanzas municipales de higiene en la playa.

Economía de lenguaje


HOLA. Caben pocos ejemplos de mayor economía de lenguaje, que estas dos palabras en una ventana de un colmado que había quebrado. No sería inverosímil imaginar que los dueños fueran mudos, y desearan que los clientes supieran que pese a sus deficiencias, eran amables y educados con quienes venían a mercadear con ellos. Claro que también cabe la posibilidad de que desearan la pronta llegada de sus clientes, y que ansiaran su pronta marcha con mayor presteza aún que la de la entrada. O, simple y llanamente, podía ser la forma en que un crío entretuvo su ocio o su hastío, rayando en la pintura dos palabras fundamentales en cualquier cultura, la de un comienzo, un encuentro, un deseo cordial, por un lado; y la de la despedida, la conclusión, el final definitivo, o tal vez el deseo del pronto reencuentro. ADIÓS

lunes, 14 de enero de 2008

Aviso contundente


La cosa empezó con una historia de amor cualquiera, todo muy bonito, todo estupendo, todo felicidad. Todo muy de cuento, vamos. El matrimonio, todo lo convencional que en una villa de la Galicia profunda puede ser. Pero después de ese momento, todo cambió, como en las películas. Ella, moderna, demandaba libertad de movimientos. Él, chapado a la antigua, dijo que por encima de su cadáver. Ella dijo que si no quedaba más remedio, que por ella estaba de acuerdo. Él respondió que si era preciso la ataría bien fuerte para que no se moviera de casa. Ella tomó a chacota sus palabras. Él fue a hacer unas compras, y a la vuelta, colgó sobre la puerta un particular aviso. Desde entonces, no se oye un ruido en las inmediaciones de la casa.

Esculturas, estatuas, Ángel González


MENSAJE A LAS ESTATUAS

Vosotras, piedras
violentamente deformadas,
rotas

por el golpe preciso del cincel,
exhibiréis aún durante siglos
el último perfil que os dejaron:
senos inconmovibles a un suspiro,
firmes
piernas que desconocen la fatiga,
músculos
tensos

en su esfuerzo inútil,
cabelleras que el viento
no despeina,

ojos abiertos que la luz rechazan.
Pero
vuestra arrogancia
inmóvil, vuestra fría
belleza,
la desdeñosa fe del inmutable
gesto, acabarán
un día.
El tiempo es más tenaz.
La tierra espera
por vosotras también.
En ella caeréis por vuestro peso,
seréis,
si no cenizas,
ruinas,
polvo,y vuestra
soñada eternidad será la nada.
Hacia la piedra regresaréis piedra,
indiferente mineral,hundido
escombro,
después de haber vivido el duro, ilustre,
solemne, victorioso, ecuestre sueño
de una gloria erigida a la memoria
de algo también disperso en el olvido.


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